martes, 9 de febrero de 2016

Los opuestos
Era difícil comprender el parte que ella le presentaba. Hablaba de la pasada tarde, en la inspección realizada al otro lado de la ciudad, al sitio llamado, “La gruta”. Manifiesta haber estado a punto de perder la vida, ella y catorce agentes más… No creía lo que leía. El informe decía haber sido capturados por grupos delincuenciales. Que eran tantos que aparecían y desparecían frente a ellos. Que una vez fueron capturados, además de llamar a la prensa para que reportara el acontecimiento,  les manifestaban ser los reyes del lugar, y que la policía no podía entrar puesto que  ese era su territorio, por ahora, nada más les cortarían el pelo con los dientes y las uñas, les quitarían los uniformes y serían puestos en la calle casi desnudos —acto que fue ejecutado  casi de inmediato—. ¿La sangre en sus hombros y espaldas?, era por las araños que les acertaron.
Nunca una patrulla de la Policía Urbana había sido capturada y sometida a semejante vejamen. El informe también indicaba, que los facinerosos, tuvieron piedad  con ellos y les advirtieron que la próxima vez, les harían perder la razón con shocks eléctricos directos al cerebro, como ya han hecho con otros agentes que conocíamos, y que ahora vagan por la ciudad  sin rumbo y sin sentido.
La tomó de las manos y le habló con voz segura:
 “Tú no has visto sus ojos inflamados de sangre cuando se apodera de ellos la sed de justicia, y tampoco has sido cegada por el color brillante de su equipo cuando de sorpresa se presentan a vengar la muerte de tanto policía muerto”.
¿De quién hablaba? ¿Qué es lo que trataba de decirle? ¿Qué tipo de seres podrían ser esos que le sangran los ojos ante la sed de justicia?
Ese día fue de mucho asombro para él. Por un segundo pensó: ¡qué demonios hago aquí!
Ocurrió hace tres noches, recorría la vieja alameda, de uno de los callejones aparecieron dos tipos armados con pistolas que querían sus  prendas.  Sin decir que era Agente de Inteligencia, se mostró obediente.
Cuando les entregaba el poco dinero que portaba, surgieron por los costados del pasaje… Estaban en los techos de los edificios y saltaron sobre ellos. Formaron un círculo a su alrededor y dijeron ser de la S.S.C. (Seguridad Secreta de la Ciudad), que estaban allí con el firme propósito de proteger a la gente de bien… Y de manera rápida, los desarmaron. Eran grandes, y de brazos, gruesos Una mujer se acercó, la veía a los ojos, pero ella, habló con voz suave y le decía que intentara no fijarse en sus rostros, que obraban de manera clandestina. Sintió seguridad y miedo a la vez…, cuando la vio correr y subir por una pared que dividía la otra casa. Lo hizo de manera ágil. Se agarró de una viga y en un solo salto estaba arriba. Desde allí cargó con los dos hombres, los tomaron de la camisa y los subieron. “Somos  de la SSC”, les dijo. “Esperamos otra escuadra y cubrimos la zona”. Los asaltantes que en un principio  se veían tan valentones y odiosos, ahora temblaban, pedían perdón y lloriqueaban. Decidieron dejarlos con vida, les dijeron que si los veían robando de nuevo, serían ajusticiados de inmediato. Bajaron de la pared de un salto y siguieron caminando por la calle. A los maleantes los dejaron colgados,  amarrados de pies y manos.
Cuando caminaba junto a la agente, lo invitó a que asistieran a un evento muy especial. Así se lo dijo. Que mañana se verían en el atrio de la iglesia y que de allí saldrían.
Viajaron por  la noche. Eran unos treinta  o más, invitados especiales, ciudadanos que de alguna manera habían sido víctimas del estado delincuencial que reinaba en la ciudad, familiares asesinados, robos, violaciones, secuestro.  Cuando llegaron al borde de un risco, en un kiosco mirador, observaron a unos hombres con trajes de seguridad radioactiva (los conocía por algunos instructivos que había recibido antes de graduarse en la academia) abrir la compuerta de un camión. Comenzaron a bajar, desnudos, los arriaban y agrupaban en el centro del corredor de la explanada de concreto. Como los tenían amarrados de pies y manos, y solo podían dar pequeños pasos, los empujaban para avanzar Con los ojos vendados, era imposible que escaparan.
Allí  un oficial con el rostro cubierto les explicó que eran asesinos y criminales, que los tenían capturados de hace tiempo, veinte y dos mujeres y ciento ocho hombres, eran ciento treinta en total. Les hablo del dinero que el estado se ahorraría al no tener a tanta gente en las cárceles y habló de otros temas que ya no puso atención. Fue entonces que apareció por debajo del camión, una pestilencia verdosa. Eran  gases que quemaban la piel. Se escuchaba a la lejos los gritos de dolor. En poco tiempo abrían llagas y provocaban que la víctima se ahogara en sus propios fluidos corporales. 
Cuando partieron solo miraban la nube que caía sobre la gruesa capa formada por los ciento treinta cadáveres… Nadie sobrevivió, nadie.
Estuvieron de regreso a la madrugada. Ahora sabía que la ciudad no sería la misma, o quizás nunca lo fue. Ahora solo estaban ellos y los Opuestos.