martes, 19 de enero de 2016

El secreto detrás de la puerta

Edgardo Benítez

Espiar por la rendija de las puertas ha sido una penosa afición con la que he convivido toda mi vida. Permanecer quieto frente a ellas, admirarlas y, con especial cuidado aplicarles una ganzúa para dislocar sus entrañas, hasta conseguir traspasar el umbral deseado. Doblegarme ante la necedad de cultivar esta morbosa sensación, que crece y se alimenta, me hace profesarme poderoso de una manera muy peculiar.
Debo decirte, padre, que de esta curiosa emoción que me produce indagar lo fortuito, lo desconocido, y que hasta ahora ha sido mi secreto, han emanado incontables agravios, pero, también, alguno que otro agrado. Inolvidables momentos los que vivía a mis doce años, cuando conseguía, a través de la rendija de la puerta del patio, descubrir los secretos de Dorita, que mostraba sus partes. Permanecía en silencio esperando el minuto exacto para que ella, con exquisitez absoluta, se quitara la ropa y caminara desnuda por la habitación, para luego meterse en su cama como ovejita y dormir plácidamente.
Era envidia o celos, no lo sé, lo que avivaba fastidio a mis ocho años, cuando veía a Martita darse un beso con Raúl; recuerdo que pactaban sus encuentros bajo la cama mientras jugábamos a las escondidillas; puesto yo detrás de la puerta, observaba la manera prohibida que disfrutaban de su tierno amorío.
Es que esta, la que considero una simple indiscreción de mi parte, es hasta cierto punto graciosa; mi pretensión nunca ha sido la de entrar a las casas para robar, ni mucho menos abusar de sus inquilinas, no, al contrario, he colaborado con ellas sin que se percataran, hubo vez que reparé el grifo de más de alguna, ya que parte del juego es dejar rastros más que evidentes para que cuando estén de regreso sepan de mi presencia. He de admitirlo, padre, busco apartamentos de mujeres que viven solas, y con preferencia de alguna edad… Digamos una edad ligeramente avanzada, ¿lo entiendes?
Cierto es que una vez dentro me apasiona registrar gavetas y otros muebles, eso es hermosísimo. Tirar por los suelos una librera con sus libros, luego de echarles una ojeada, ya que como tú sabes, padre, admiro sus finos estampados y me encanta leerlos, percibir ese característico olor a “libro viejo”, olor que remueve mi tripa con satisfacción; del mismo modo, llegar hasta la alcoba y desarreglarla, abrir clóset y anaqueles para desordenar vestidos, blusas, y al mismo tiempo oler su ropa interior, sus zapatos, hurgar y oler dentro de sus carteras de piel curtida por el uso, para después recostarme en sus inviolables camas y, a la postre, husmear en su refrigerador, beber y comer de su contenido, mientras creo algún caos en la cocina. Luego, sentarme en los sillones a ver algún programa, acompañado de una taza de café; en fin, padre, provocar mil modos de hacer notar a su dulce habitante que alguien allanó su intimidad.
Como has de imaginar, estas incursiones mías me han provocado profundos estados de desasosiego y furor. Ha sido una de las consecuencias que he tenido que pagar por cultivar esa afición casi lujuriosa por cruzar el umbral prohibido de una puerta, para después, con plena satisfacción, poder hurgar sus escondrijos. Es que sustentar este temor a ser descubierto también es delirante, es como dar un paseo por tierra impropia, un asalto a la impertinente desfachatez del mundo privado. Claro que estos actos me han colmado de sensaciones difíciles de explicar a otros y que, por ser solo mías, me vanaglorio de manera excelsa por poseerlas; sin embargo no puedo negarlo, padre, por períodos tiendo a admitir vergüenza por mi secreta pasión.
Debes saber que es una práctica con la que he convivido todos estos años y que he tratado que desaparezca de mi vida en varias ocasiones, pero, en cuanto creo haberme liberado de ella, de repente y como si se comportara como una manada de leones al momento de capturar a su presa, me sale al paso con la compañía de todos mis miedos. Mis miedos, que se revelan y emergen de sus viejas cavernas como seres de ultratumba, y se lanzan contra mí con una fuerza feroz, monstruosa; se unen al festín como buitres o hienas. Entre todos me arrastran y me despedazan, padre.
Este apartamento en el que resides es en realidad hermoso; las luces tenues, incrustadas en las paredes de colores sombríos, lo hacen bastante acogedor; además, me embruja esta alcoba con sus cortinas color marrón que hacen juego con el edredón de tu cama. ¿Sabes que encuentro cierta similitud con nuestra casa de la isla?, aunque me pregunto: ¿qué hace un viejo lobo de mar, indómito como lo eres tú, en esta otra isla, tan olvidada como la nuestra?, ¿o es que te ocultas de alguien o algo, padre?
Deseo confiarte un secreto: desde hace un buen tiempo llevo allanando tu cuarto sin que tú lo sepas; meses vigilando y esperando la hora adecuada para ingresar y encontrarte dentro. Vaya susto el que te he dado, padre, porque después de todo, tú no me has invitado a pasar, ¿verdad? Soy yo, el que te ha buscado por años y que ahora te encuentra, el que se te aparece para platicar contigo. A decir verdad, padre, estoy más que seguro de que luego de esta visita habrán desaparecido mis manías.
Así que, en el fondo, todo esto que te he contado no interesa, ya que nada más he venido hasta acá para narrarte los últimos minutos que conviví con madre; estoy seguro de que deseas que te los detalle, ¿no es cierto, padre?
Tremenda ironía: mi existencia se ha desarrollado entre puertas y cerraduras. Bien recuerdo ese día. Aún no amanecía cuando tú llegaste hasta mi habitación para darme un beso y desearme felicidades. Abandonabas el hogar para nunca más volver. Era mi cumpleaños número seis, ¿te acuerdas, padre?
Por las mañanas, la perilla de la ducha emitía un chillido particular. Era la clara señal de que madre se encontraba ya en pie. Despertaba temprano, para atender las múltiples ocupaciones propias del hogar.
Aquella mañana, luego de que tú te fuiste, no escuché ese chillido. El silencio me llenó de extraños pensamientos, padre. Con la duda en mi cabeza, me tiré de la cama y caminé hacia su cuarto. Recuerdo el pasadizo entre las habitaciones, lo percibí tan largo y solitario que me pareció eterno, recuerdo mi angustia, no puedo olvidar mi angustia; yo solo deseaba saber a cualquier precio qué ocurría. Temeroso, disminuí el paso y caminé lentamente, pegado a la pared: los cuadros colocados en cada una de las habitaciones con sus ventanas abiertas me parecían extraños, quizás era la primera vez que me fijaba en ellos. Al llegar a la puerta de su habitación, la habitación que tú abandonaste, padre, me tropecé con la sorpresa de que se encontraba bajo llave. Tú la dejaste así, nunca podré saber el porqué. Espié por el ojo de la cerradura y alcancé a distinguirla quieta, muy quietecita, como si aún durmiera. Recuerdo haber llorado amargamente, pues madre no atendía a mis gritos. Intenté abrir pero me fue imposible. Después de un buen tiempo, no sé cuánto, coloqué una grada y subí para alcanzar las llaves que se encontraban colgadas de un clavo en la pared. Abrí y salté sobre su cama, “¡madre, madre!”, recuerdo que le decía, al tiempo que tomaba su mano y acariciaba su cabello. Me extrañaba que sus ojos permanecieran abiertos y no me vieran, que de sus labios no saliese palabra alguna y que su cuerpo se mantuviera inmóvil. Cómo lloraba, recuerdo que lloraba, padre.
Cuando un policía llegó y abrió abruptamente, yo estaba recogido en un rincón de la cama y lloraba. ¿Me preguntas por madre?, pues ella ya tenía un aspecto diferente. Sí, siempre inmóvil.
Madre murió sin despedirse de nadie. Qué dolor se siente en el pecho. No hay trauma más grande para un niño de seis años que la muerte de su madre. Más todavía cuando se pasan seis días al lado de una muerta, padre. Pero yo no quería separarme de ella, porque si lo hacía me iba a quedar solo, totalmente solo, sin padre y sin madre, y eso me daba mucho miedo. Prefería las nubes de moscas encima, ver su lengua afuera, aun tan fea como estaba seguía siendo madre y madre me defendería siempre y yo no tendría miedo de estar solo.
Padre, el puñal que he colocado cariñosamente en tu cuello se ha desprendido. Claro, después de seis días de muerto… Y este olor nauseabundo que desprendes, padre, tan pútrido como tu carne, como tus vísceras, como el color amarillo de tus ojos abiertos, tu lengua de fuera y las nubes de moscas encima, sigue siendo iguales a los de madre. Sí, ahora sabes cómo lucía ella.

_________________Edgardo Benítez


viernes, 8 de enero de 2016


Postores
Se olvidaron los afectos y se frunció el ceño. Mordieron la inocente manzana tal fruta perversa, inocentes como candelabro en la noche de su vela. Imposible es no renegar del instante, cuando encuentras cómplices, amigos, en pie de muerte.
Sollozaban, languidecían tan niños en cuna, a modo del encanto de ruiseñor.
Perfectos imbéciles.
Era la tarde en el bosque y los puños no se detenían, tal mariposas volaban, se mandaban a la mierda el pellejo y los ornamentos, y se allegaban las lágrimas, los llantos, las ofensas...
¿Quién dijo odio? o temor, o miedo a dañar al otro árbol caído.
Es tiempo baldío y necesario a la vez. Encuentro de dos que un día hundieron sus copas en risas amables, y ahora, los arrastra el soplo del resentimiento, del celo. 
¿Quién se quedará con ella?, ¿el mejor postor?, ¿el que calza más vaina del machete?, ¿el que ensilla mejor su garañón y hace su mejor giro completo? ¿Quién se quedará con ella?, les pregunto, si ambos son igual de atolondrados. Son los mejores postores de la navaja, cuchilleros empedernidos, los grandes dueños de la botella de guaro puro. ¿Quién se quedara con ella?, les pregunto de nuevo, ¿el que le ofrezca más rasguños en las paredes de la celda? ¿El que escriba más cruces en las entradas del panteón? 
¡Imbéciles!
Permítanle a ella que decida y diga, a cuál de los dos le extenderá el brazo para caminar por la ciudad, para quién soltará su cabello cada noche antes de acostarse y a quién le dará sus labios en noches de pasión y lluvia.
Vaya postores. Desgraciados, tontos, como la muerte viva. 
Completos ingenuos. Ahora permitan que ella les diga toda la verdad…, y así venga con libertad a recogerse entre mis brazos y puedan matarse en paz, los dos.
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Edgardo Benitez

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