miércoles, 5 de febrero de 2014

La hija de Zyrich




Al mirarse al espejo consideró vestirse con gabardina y sombrero negro para merodear en la oscuridad sin ser reconocido. Esperaba que todo ocurriera tan bien como otras veces, aunque existía la posibilidad de que alguna contingencia complicara su tarea. Estaba acostumbrado al frío de la madrugada, sabía que la helada era capaz de coagular la sangre y que la neblina cuando caía sin piedad, entorpecía la visión y el andar. Llevaba años haciéndolo y solo lo movía el noble propósito de alimentarla.
Visitar el pueblo significaba para él enfrentarse con escenas desagradables: bares y prostíbulos malolientes, viviendas de lodo y bahareque a punto de caer sobre sus endebles puntales. También lo obligaba a convivir con sus habitantes, propietarios de la nocturnidad, siniestros indigentes que veían transcurrir los tiempos tirados en las aceras, incapaces de sostenerse en pie, producto del estado alcoholizado en el que permanecían. Nudos de rameras apostadas en las esquinas que ofertaban a los caminantes les derramaran un poco de semen por sus rostros a cambio de unas monedas.
Mientras caminaba recordaba el día que ella llegó a casa. Repasaba los confusos testimonios que dieron los mozos, hablaban de la forma casi mágica con que vieron desaparecer ante sus ojos a una lánguida viejecilla, vestida con un raro atuendo, que vagaba por los alrededores del jardín de los cipreses y que cargaba un cesto. Fue la noche que apareció un moisés dejado en el atrio de la residencia con una extraña nota de letras mal dibujadas, pero que al fin consiguieron descifrar: «la hija de Zyrich ».
Sus primeros días de vida fueron críticos, el pálido profundo de su piel, el llanto incontenible ante la luz y, más preocupante aún, el suceso de la primera nodriza, que repentinamente murió una noche, sentada en su mecedora, debilitada por el succionar de la niña.
A pesar del silencio con que se encubrió el extraño acontecimiento, logró filtrarse entre la gente la idea de que alguien de la familia había causado esa muerte. Rumor que despertó dudas y miedos; y desde aquella fecha los habitantes decidieron transitar por las calles en horas tempranas.
Lo solitario de la senda ayudó para que Jospin consiguiera su objetivo: la vieja prostituta no ofreció resistencia ante el efecto narcótico de la pasta de amapolas blancas con raíz de Valeriana officinalis. Sin darse cuenta la mujer entregó hasta la última gota de sangre.
Jospin subió con rapidez la escalinata hasta la entrada principal de su residencia, sujetando fuertemente el recipiente que llevaba entre sus manos y satisfecho de la normalidad con que todo había transcurrido.
En el momento de abrir la puerta, Jobina, su esposa, se hallaba a su espera con claras muestras de nerviosismo; llevándose el dedo índice hasta los labios lo incitó a hablar en voz baja:
—Ha ocurrido algo terrible —murmuró—. Ven, sígueme, tienes que ver esto y procura no hacer ruido, esto es obra del mismo demonio. ¡Estamos en el infierno!
Subieron la escalera en silencio, al tiempo que escuchaban cierto tableteo en el piso, acompañado del ruido que producen los muebles al ser empujados de manera brusca. Los guiaban las lamparillas de cristal empotradas en cada uno de los escalones; cuando llegaron al pasillo, cruzaron en penumbras, hasta su habitación.
—Mira eso —dijo la mujer, al asomar por la abertura de la puerta.
Volvió el rostro en señal de rechazo y buscó apoyo en el pecho de su marido; las lágrimas brotaron ante la crueldad de la situación. Ahí estaba ella, en el rincón de la habitación, de espaldas y agachada, entre paredes que chorreaban sangre.
—¡Dios mío! ¿A quién tiene agarrada? —le preguntó, Juspin.
—Es Silvia. Tú viste que regresó anoche después de sus tres días de permiso. Desperté oyendo un extraño grito; cuando llegué hasta aquí, ya la tenía. Solo Dios sabrá lo que en verdad ocurrió… Es posible que saliera a merodear por la casa buscando qué comer, con tan mala suerte para esta pobre chica.
—Nunca la vi comer carne humana.
Atacaba el torso de la mucama; hundía con fuerza sus prominentes colmillos. Al instante, giró hacia la puerta enfocándolos con sus ojos frenéticos y comenzó a rugir en señal clara de que se retiraran; los atacó con rapidez, dando saltos hacia ellos y zarpazos en la puerta, la que cerraron a tiempo. Luego, solo se escuchó el sonido característico que hace un animal cuando come, chilla y ruge casi a la vez.
—¿Dónde quedó mi niña dulce que hasta hace unos pocos días sostenía entre mis brazos colmándola de besos y cuidados? Esa cosa que está adentro no es ella —dijo la madre con pesar—. Tendríamos que haber dado algún remedio para curarla, ahora pagaremos nuestro descuido.
Después de unos minutos, entreabrieron la puerta y vieron que de un salto se elevaba al techo como una auténtica araña y brincaba de una pared a otra. «Seguramente es un ritual de festejo por el banquete», comentaron.
Chillaba, mostraba los ojos rojos inyectados de sangre; de pronto cayó al suelo desfallecida y corrieron hasta ella para ayudarla. Caminaban entre la sangre y los despojos humanos diseminados por la habitación. La belleza de su rostro reapareció mientras su madre la alzaba entre sus brazos buscando la cama como apoyo.
Vives en otro mundo, quizás sea porque eres de otro mundo, pensó Jospin. Debo admitir que estos momentos son insoportables, se dijo luego.Creo que la hora del final ha llegado. Estoy seguro de que un escritor no es un buen exterminador de entidades de ultratumba pero debo hacerlo.
Jospin abandonó la habitación y llegó hasta su biblioteca. Sintió agrado al estar en ese resguardo que por muchos años había significado su verdadero hogar. Allí había escrito sus mejores obras. Abrió el cajón del escritorio donde guardaba la daga y el agua santa que el abad de San Genaro le había suministrado para tal propósito. Todo estaba planeado desde hacía días. Pero él se había resistido a efectuar el acto por el amor a su hija.
Es hora que termine con esta pena que he arrastrado por tantos años, se dijo.
Cuando regresó a la habitación para cumplir con lo dispuesto y abrió la puerta se llevó la sorpresa: ella se encontraba allí, frente a él.
—¿Qué haces acá?¿Quién eres en verdad? —le dijo.
Frente a él, se transformó en lo que en realidad era. El rugido era fuerte y el aliento fétido, todavía mostraba restos de la mucama en sus garras y colmillos…
Con la mirada perdida, ausente, Jospin cayó al suelo. No respondía a la voz de Jobina, que intentaba recobrarlo. Perturbada, y con gran arrebato comenzó a sacudirlo y a darle golpes en el pecho.
—¿No te escucha, mami? Porque tú eres mi verdadera mami, ¿lo sabes? Ahora que estamos solas, yo te ayudaré a retornar al lugar donde se encuentra mi papi, ¿quieres? O me acuestas cerca de tu cama a esperar por él.