domingo, 10 de marzo de 2013


Platica con un muerto.

   Llegué hasta la casa que habitó mi madre en sus últimos días. He abierto puertas y ventanas, corrido cortinas y desplegado muebles que se encontraban guardados en bodegas cerradas. La capa de polvo sobre el piso era gruesa. Esta casa se encontraba llena de recuerdos y se han contado muchas anécdotas que ocurrieron en los años previos a su fallecimiento.  Eran épocas de inocencia, de rebeldía, bonanza económica y alguna que otra desventura, aunque en realidad  eran tiempos de esperanza para todos los miembros de la familia. Si bien es cierto que mi padre había muerto en la década pasada no había razón para extrañarlo ya que cuando eso ocurrió nosotros apenas éramos unos chiquillos, además, nos había prodigado suficiente colchón económico para afrontar nuestras vidas y nuestro futuro.  Era poco o nada los recuerdos que teníamos de él. Pero con mi madre, sí, esa es otra historia.  He platicado con algunos vecinos que juran haberla visto en días pasados, otros aseguran haber platicado con ella. Lo que ellos no saben es que murió hace un par de años y por las condiciones en que sucumbió, todos, la familia, preferimos no comentar el hecho ya  que es complicado que alguien lo comprenda. Pero en fin, lo que nunca sabrán es que ella aunque muerta, muere como yo muero.