domingo, 10 de junio de 2012

001.





             El silencio en que caigo ante lo bello, un profundo esperar, el desear escuchar las notas más sublimes y lejanas; mis sentidos viven pendientes de las formas de la perfección.
            Cuando llega el momento que comprendo la diferencia abismal que existe entre guardar silencio y quedarme callado.
            Las letras que hablan y dicen mi verdad. Lo que deseamos decir, lo que nunca nos atrevemos a mencionar, lo que aun no sabemos que podemos aclarar, eso busco en mí. Lo que me despierta, eso que revela mi mapa genético, que afirma mi ignorancia, que aclara lo que debo ser, y que no me atrevo a ver siquiera. Eso que constituye mi alianza con otros humanos y demás especies, eso que establece mi comunión entre mi pensamiento y mi divinidad relativa, eso que despierta en mí, el uso del pensar.
            Cuando llega el momento que comprendo que la ignorancia es una dádiva divina, que al mismo tiempo, es una condición a desarrollar, y que todo lo divino no debe ser causa de vergüenza. Solamente así, de esa manera tan sutil, podré visualizar desde mi balsa de náufrago, mientras bogo en el mar de la soledad, de la inconveniencia, de los elementos extraños a mi naturaleza, solamente así podré ver y arribar a la costa ofrecida, candorosa tierra prometida, tierra de ensueño, el edén mencionado, el lugar que crea la única verdad relativamente absoluta, el único lugar que sentencia que vivir es sinónimo de felicidad: mi pensamiento.