viernes, 24 de septiembre de 2010

Atrapado entre Ernestina y Cortázar



I

La llamada telefónica era de Ernestina, mi amiga de la niñez. Me pidió de favor la visitara en su casa de habitación la siguiente semana para charlar y recordar los viejos tiempos que juntos vivimos. Pensé que merecía la pena ir hasta allá (San Salvador) para atender la invitación; una invitación extraña, porque seguramente ella no poseía ningún rastro de mi vida en los veinte años que teníamos sin vernos. ¿Cómo logró obtener mi número telefónico? Pero bien aún con todas las dudas, decidí acceder a la cita.

Ya frente a la casa quise entrar por el portón principal, pero me percaté de que se encontraba sellado por una cadena y un candado. En vista de ello, opté por intentar ingresar por el portón de hierro en la parte posterior de la mansión. Empujé una de las hojas, se abrió casi de inmediato, aunque con algún chirrido producido por el óxido del tiempo y el abandono. La residencia se hallaba deshabitada; lo delataba el césped convertido en maleza y que los árboles habían crecido a su antojo caprichoso. Tenían bajo sus pies sendos montones de hojarasca.

Y así fue como conseguí llegar hasta la base de la escalinata que conduce a la puerta principal. Desde ahí logré visualizar un hombre que se encontraba sentado casi al final de los escalones; me sorprendió cuando hizo una señal para que continuara subiendo.

El zurear de las palomas era ensordecedor. Son aves que salen al paso y reclaman algún mendrugo a los visitantes. Mientras subía, jugaba a espantarlas. Luego ellas volaban y se posaban en otro lugar de la escalinata desde donde parecían disfrutar el panorama.

Tenía el cuidado de no caer por las graderías; siempre se corre el riesgo de dar un mal paso ante un ataque de vértigo. Entonces, saqué de mi memoria algunos cuadros grabados. Momentos de la infancia que pasé en este lugar y que marcaron mi vida para siempre. Esa fue mi primera cita clandestina con Ernestina.


II


Ocurrió en el espacio que existe debajo de la escalera, en la pequeña bodega. Cuando entramos, ella cerró la puerta y colocó la aldaba. Hacíamos de cuenta y caso que era nuestra propia mansión. Tomados de la mano creamos una caricia. Palpaba qué tan suave era la flor de su mano. Luego el cabello, manso como el agua del recodo de una riada; también jugueteaba a verlo caer a trasluz de un foco viejo y turbio que servía de testigo fiel a nuestra aventura. Continué con su cabello. Ahora como cascada, entre mis dedos, recogiendo los mechones de su frente y moviéndolos hacia atrás, una y otra vez. Y ella, quietecita, la sentía disfrutar de mi simpleza, en paz inocente y serena amistad. Ay, Ernestina, Ernestina, tú con la mirada baja y sin mediar palabra me enseñaste que el silencio llena los espacios vacíos que existen entre dos seres humanos que se necesitan.
Luego, sentados en un viejo taburete colocado en el centro del cuartito, mientras la miraba a los ojos, dibujé con mi dedo índice su nariz respingada, sus cejas pobladas y un par de adorables camanances que adornaban sus mejillas al sonreír; fue en ese momento que extendí mis labios para descubrir los suyos. Los buscaba despacio y sin un buen estilo; después de todo resulto ser un beso torpe que dirigí a cualquier parte del rostro mas bello que había conocido. Y acerté, cayó en la punta de sus labios. Y Ernestina, aceptó.

Borbollones de energía bajaban y subían por mi cuerpo. El desconocimiento de esa emoción me llevó a actuar de una manera extraña y desconocida para mí; luego, evadí su mirada al sentir que me quemaba y me espanté. Como pude quité la aldaba y abrí la puerta casi a empellones. Corrí y dejé atrás a Ernestina y nuestras pasiones, posiblemente sin entender qué era lo que me había sucedido. La vergüenza que sentía era tan grande que pasé incontables días sin lograr verla a la cara; aun cuando ella era la que me buscaba para charlar. ¿Qué podía charlar un niño de doce añitos con una chica de diecisiete?


III


Al llegar al descanso de la escalinata dispuse sentarme a reposar junto al hombre que me esperaba. Su indumentaria revelaba ser una persona al tanto de su apariencia y su vestir. De pantalón negro, camisa blanca de mangas y corbata gris. Hacía contraste con el color blanco de las gradas y el barandal. Pero lo que más llamaba mi atención era su barba puntiaguda, que traía a mi recuerdo a alguien que yo había visto antes o que yo conocía.
—¿Deseaba algo el Señor? —dijo.
—Sí, busco a Ernestina, ¿se encuentra?
—¿Se refiere usted a la "Señorita Ernestina"?
—Sí, ella.
—Temo no poder ayudarle, Señor. Creo que Usted no fue notificado, Señor. ?Mientras, se arrimaba al barandal de la escalinata.
—¿Notificado?, ¿de qué notificación habla?
—Bueno, déjeme explicarle. La Señorita falleció hace algunos años. Para ser exactos, diez años, hace. Fue un accidente terrible. Murió tras resbalar mientras bajaba las escaleras. Precisamente de este lado de la escalinata, ¡mire! Ocurrió cuando trató de asustar una paloma, perdió el equilibrio y cayó al vacío. Su cuerpo quedó junto a la puerta de la pequeña bodega Posible que usted por alguna razón no fue avisado, Señor.
—Pero? ¡si ella me habló por teléfono la semana pasada para invitarme a venir! ¡Es extraño! Y según veo la casa se encuentra vacía.
—La casa se encuentra vacía, como usted dice. Los señores se largaron hace algún tiempo, al morir su hija.
—¿Y tú, quién eres?, ¿puedes decirme?
—Soy el alma de esta escalinata. Y espero por ti. Te mandé llamar para recobrar tu energía, y a la vez sirvas de compañía a Ernestina. Ella se encuentra triste, muy triste y desolada hoy que está con nosotros. Todo aquel que ha subido esta escalinata hacia adelante, tarde o temprano deberá venir y entregarnos su alma. Y hoy es tu turno.
—¿Subir hacia delante dices? ¿Qué tipo de locuras hablas?
—Claro, subir hacia adelante. Y no son locuras. Mira, el maestro Cortázar ya lo explicó con sus bellas palabras en "Más sobre escaleras", en donde nos habla de subir las escaleras hacia atrás.
Tu problema ha sido que las escaleras las subes hacia adelante, como la mayoría de gente. Estarás condenado a ver el panorama anodino y monótono. Ahora, si subes hacia atrás, verás a tu alrededor mientras subes: grandeza, hermosura, y verás tan amplio como en una pantalla de cine.
Siempre debes buscar el otro ángulo de las cosas, con mayor visión, profundidad. Dejar el pensamiento encuadrado y romper con los esquemas tradicionales. O sea, si tienes una nueva manera de hacer algo diferente, ¡hazlo!
Sócrates, el verdadero Jesús, Copérnico, Einstein, Gandhi, Nobel, Edison, Marie Curie, Gutenberg, como otros, ?sabían que las escaleras se suben mirando hacia atrás?, abrieron caminos para que muchos de nosotros aprendiéramos otras formas de pensar y pasáramos a mejores niveles de calidad de vida.
Y como en la vida todos los errores se pagan, este es el precio que tendrás que pagar por tu error. ¡Pagarás con tu vida!
—Pero, no puede ser. ¡No puedo morir por algo que desconocía! ¡Hasta hoy que alguien me explica esto que dices!
—Déjame ver...es cierto, no puedes morir por ello. Entonces debo proporcionarte otra oportunidad. Únicamente déjame darte un pequeño escarmiento para que aprendas; nada más una pequeña penitencia y ya. ¿Qué te parece?
—¡Sí!
—Bueno, ahora responde, ¿prometes de aquí en delante subir los escalones siempre viendo hacia atrás aun cuando la crítica que hagan los demás sobre ti sea despiadada?
—Lo prometo. Si ese es tu mandato, debo cumplirlo.

Arrepentido una y mil veces por haber subido y bajado por la maldita escalinata hacia delante y nunca para atrás volteé a ver hacia abajo y huí a toda velocidad por las gradas en franca retirada. Corrí y corrí, hasta que de improviso sentí una fuerza monstruosa que me impulsó, primero hacia adelante, en seguida hacia arriba y volé por los Buenos Aires de Borges, Cortázar; ahora por encima de los bosques talados del mundo, luego en caída libre hasta estrellarme contra el adoquinado de la calle El progreso. El momento que hay entre la conciencia y la inconsciencia, no llegué a reconocerlo.

Días después aparecí en el Hospital Rosales, con graves fracturas en un brazo, las costillas y un pie.
No puedo explicar qué me ocurrió ni tampoco quién trajo hasta mi cama de enfermo un ramo de rosas con una tarjeta en blanco que rezaba: «Tenemos una cita.
Sentada en el viejo taburete, te seguiré esperando. Ah, y recuerda, siempre subir las escaleras hacia atrás.
Firma: Ernestina»

IV

—¡Mi amor, mi amor, despierta, despierta!, es hora de ir al trabajo.
—Oh, claro. Es que tuve una pesadilla.
—¿Pesadilla?
—Si, pero ya pasó.
—¿Y qué soñabas? Dicen las buenas lenguas que contar una pesadilla evita la realización de ella.
—Pues, en verdad no creo que sea una pesadilla, pero fue un sueño muy extraño. Y si se trata de no realizar los sueños, entonces no lo contaré. Porque en verdad quisiera que este se cumpliera. ¡Mi amor! ¿Sabes algo?
—Dime.
—Quiero que sepas que estoy feliz de estar casado contigo, Ernestina.
—Oh vamos, levántate ya. Tú sabes que yo también.

No pude evitar pensar qué distinta es mi Ernestina, comparada con la de mi adolescencia. Me da tristeza imaginar que la dejaré sola en su viejo taburete, en la pequeña bodega, en el sitio donde habitan los abúlicos del pensamiento. Pero quiero empezar a subir las escaleras al revés.
Y todo por leer a Cortázar antes de irme a la cama.


FIN