sábado, 10 de julio de 2010

La terquedad de la noche


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La terquedad de la noche




El rostro de Alice tenía la inocencia de la mañana. Sus ojos negros hablaban por sí solos, adornados por un par de ligeras pestañas muy bien arqueadas, adormecían su penetrante mirada. El caminar atrevido y danzante, hacía que su falda corta y blusa ajustada conquistaran la atención maravillada y fisgona de los asistentes al «Bella Nápoles». En su mayoría, los hombres veíamos extasiados que en vez de zapatillas usaba zapatos de tacón para relucir sus piernas torneadas y dar mayor realce a su trasero que, curiosamente, parecía ser un corazón coronado por una cintura estrecha  y con el aspecto de estar a punto de romperse.
Yo llegaba al Nápoles todos los días para almorzar y a la vez disfrutar de la belleza de aquella chica, me encantaba ver la elegancia con que se movía para atender las mesas; con «la carta» bajo el brazo, casi mostrando el frenesí de un escolar cuando está de regreso a casa, y por supuesto, haciéndose acompañar de un lápiz en su oreja, listo para tomar nota de la orden de los comensales.
En la vida jamás he sido un gran seductor; claro que no; mi propia inseguridad y falta de tino, hacían de mí un hombre poco atractivo a las mujeres, particularmente para las chicas que se cotizaban bien por su seductora belleza.  Pero la figura de aquella chica, podía ser un hermoso pretexto para intentar cortejarla. Con enorme dificultad había logrado sacarle su nombre y algunos otros detalles que eran suficientes para avivar esa fuerte emoción que despierta una mujer en un hombre; y aunque ella se mostraba un poco indiferente, mandaba alguna frívola señal de interés en mí. Ese día, con un ligero pestañeo en sus ojos dijo: « ¡sí!, ven por mí esta noche, a las once, espera en la siguiente cuadra que allí llegaré». Satisfecho puede sentirse un hombre cuando una mujer le regala un «encantador sí» ante una propuesta de salir con él.  
La noche era demasiado lluviosa para aquel encuentro y percibía lo peor. Lamentaba mucho el no haberle dicho nada antes, pero todo fue tan repentino. «Presiento que vendrá de un momento a otro, aunque deseo hablarle, siento nervios, necesito verla, estar cerca de ella, sé que es la primera vez y no me importa si habrá más ocasiones.»  
A la hora pactada esperaba con ansiedad; los minutos se hacían horas. Salté del vehículo y sentado en la banqueta me hice acompañar de un cigarrillo para calmar mis nervios. Observé mí cuerpo: temblaba, posiblemente de miedo, de frío, o por la angustia que me provocaba la espera. Miraba hacia todos lados y no aparecía. «Pienso que va siendo la hora», me repetía mientras consultaba mi reloj. De pronto asomó por la otra esquina. Pero, no venía sola, con ella un hombre. La tomó del brazo justo en el momento que pasaron frente a mí, alcancé a notar que él cargaba puesto un impermeable color azul. Casi sin detenerse, ella giró su mirada hacía mí y con un frío guiño de ojos me dijo adiós, mientras el hombre del impermeable azul la aprisionaba contra sí para ponerle un beso en sus labios. Ahora, ella parecía alguien tan diferente, sus ojos delataban la fogosidad por el galán que la acompañaba. Permanecí quieto, en silencio, confuso, me hice acompañar de otro cigarrillo y sentí mi rostro de sobresalto; ya conozco mi fisonomía ante alguna otra experiencia similar. Mientras tanto, veía como la pareja se alejaba disipándose en la distancia, riendo y charlando amenamente, sin entender yo el porqué de la petulancia de «mi chica».
A la mañana siguiente amanecí pensando en ella y, después de pasarlo por mi cerebro más de dos veces, tomé la decisión de regresar a verla por la noche. ¡Qué mala decisión tomé! Para mi desgracia ella tuvo el mismo comportamiento de la noche anterior, incluso, con un frío guiño de ojos me dijo adiós, mientras el hombre del impermeable azul la aprisionaba contra sí para apostarle un nuevo beso en sus labios.
Vaya, ¡qué me costó ahuyentarme de ella! Les digo esto porque continué llegando al mismo lugar por tres noches más, para echar una mirada de cómo era posible que mi chica distinguida, recorría la urbe con el sujeto del impermeable azul, y que abrazados se esfumaban en la terquedad de la noche…

sábado, 3 de julio de 2010

Vincent Van Gogh, "Bebedores".


Soy alcohólico

Un saludo, mi nombre es Edgardo y soy un alcohólico en vías de recuperación. Este día quiero darle gracias a ese poder superior que en mi caso personal es Dios, que me permite la vida, y a la vez me da la oportunidad de vivir este día sin haber ingerido una copa que contenga licor. Es por supuesto, gracias a la ayuda que cada uno de ustedes me regala. Ya que sin dicha ayuda, no podría haber alcanzado hasta este día, el mantenerme sin llegar al hecho físico de ingerir alcohol o alguna sustancia que pueda entorpecer el desarrollo natural de mi persona...