viernes, 31 de diciembre de 2010

En silencio


En silencio

Aborregada la sotana de un clérigo ante la insinuación profana que una parroquiana le fraguaba desde las bancas mientras presenciaba los oficios religiosos  del día domingo. Él, en el púlpito, cortado por la sacudida que causa el sublevarse a la indolente  moralidad; que aunque flemática en su proceder,  siempre dispone y ordena la conducta de los mortales más ingenuos y concupiscentes; no digamos, el actuar de un eclesiástico de pueblo que nunca ha sabido de mujer, lujuria y libido a la vez.

La  imaginación de los fieles volaba. Se obligaban a elucubrar el pensamiento y despedazar parte por parte su propia mística;  hasta consignar la tribulación en la venerable imagen de “Su ilustrísima”.

¿Y los dorados cofres?, ¿sus tristes y dorados cofres? Esperan en la sacristía. Saben que siempre habrá algún devoto con  exacerbado complejo de culpa por lo vivido que se confiese a la  esperanza de llenarlos.



martes, 16 de noviembre de 2010

Lobos en la ciudad. Comunidad de justicia

Un día de estos asistí a un suceso que nunca voy a olvidar. Y es que el reencuentro con mis congéneres nunca me había conmovido tanto. Esta es la versión contada por nuestro líder. Mi historia la relataré después, cuando haya tiempo para sentir lo que pienso y pensar en lo que siento.

Lobos en la ciudad. Comunidad de justicia


I


Nuestros ancestros llegaron a las costas de la ciudad en el siglo XVII. Fueron traídos y vendidos como esclavos por piratas, quienes fundaron un fortín de resguardo y acaparamiento de armas y tesoros. Desde entonces conformamos una colectividad que ha ido evolucionando en todos los aspectos.

Convivir con los humanos nos llevó a evolucionar el gen que de ellos heredamos desde la creación de nuestros ancestros, tema del cual no deseo ahondar, ya que no hemos encontrado registro alguno que lo explique. Hasta hoy no se sabe, a ciencia cierta, cómo surgió esta simbiosis con la que adquirimos muchas de sus costumbres y sus hábitos, sin olvidar nuestras raíces; no fue hasta entonces que conseguimos casarnos, tener hijos, asistir a la universidad y ocupar cargos políticos, pero, siempre cuidando de no revelar nuestro secreto.

En una fiesta de verano conocí a Nelly, una linda chica de nuestra comunidad. Al verla sentí el deseo de arrojarme sobre ella y poseerla, pero algo dentro de mí contuvo mi deseo y lo único que pude hacer fue pedirle que bailáramos. Al pasar el tiempo, comprendí que lo que me ocurría era que me enamoraba más cada día que pasaba. Su belleza inocente y tímida alegría pronto se adueñaron de mi corazón y esto me llevó a casarme con ella y tener un hijo. Claro, para nosotros, no es fácil amar; es nuestro instinto el que siempre se impone y el que gobierna nuestro comportamiento. ¿Podía lograr por pensamiento, contener mi instinto bestial? Era una de las preguntas que a diario me hacía.
II


Una noche, Griso Nob, un miserable de la ciudad, entró por el techo de mi casa a buscar dinero para sostener su adicción a las drogas. Primero hirió al niño cortándole el cuello, luego se encaminó hasta la habitación en donde dormía Nelly. Después de violarla, le ocasionó varias heridas hasta acabar con ella. Los vecinos se encargaron de delatarlo al ver que salía campante de la casa.

Quizá nunca debí perseguirlo o quizá nunca debí exterminarlo, era necesario. No quería que hiciera daño a otros miembros de la comunidad, además, él era el causante de mi dolor y la sed de venganza me cegó. Tampoco deseaba correr el riesgo de que algún juez inepto o corrupto lo absolviera como ha ocurrido tantas veces en este lugar.. Cuando lo ubiqué, trató de escapar, pero fácilmente logré darle alcance en el callejón de la novena calle. Confesó que personalmente ejecutó los crímenes. Su instinto cruel y sanguinario lo llevó a volcar en ellos todo el odio que sentía. Ahora, hay luna llena.
III


Ya habían llegado unos doce de los nuestros que se iniciaron ese día. También están decididos a hacer justicia. Ellos se encargaron de rodearlo y me dejaron solo frente a él.
Y suplicaba clemencia, imploraba misericordia; él sabía que nunca le perdonaría el haber terminado con mi familia. Y en el nombre de ellos comencé el ritual. De un corte en el rostro le desgarre los labios y la nariz. Disfruté verlo cuando lloraba del dolor que le causaban mis colmillos Hasta que dejó de suplicar. Sentí que lo vivido, era el brote de humano que llevamos, la venganza no es parte de nuestra genética.
IV


— ¿Qué tenemos aquí, sargento?
— Griso, un adicto empedernido. Un crimen grotesco, Señor.
— ¿Griso?
—Sí, un antisocial de la calle. La cabeza reposaba dentro de un basurero y por el suelo, esparcidos, estaban los restos de su cuerpo.
— ¿Qué o quién pudo haber cometido un crimen tan horrendo? ¿Y estas heridas tan extrañas? Parecen haber sido causadas por una fiera.

¡En este momento hay luna llena! Su resplandor dibuja claramente el contorno de los edificios.
Desde mi azotea aprecio la capital. Ante mi soledad, nada más me queda que unirme con los demás a la lucha contra el crimen. No dejaré que la gente inocente que la gente inocente sucumba por los asesinos que andan sueltos.
Cuenta la leyenda popular que hoy es noche de hombres lobo.

Fin

viernes, 24 de septiembre de 2010

Atrapado entre Ernestina y Cortázar



I

La llamada telefónica era de Ernestina, mi amiga de la niñez. Me pidió de favor la visitara en su casa de habitación la siguiente semana para charlar y recordar los viejos tiempos que juntos vivimos. Pensé que merecía la pena ir hasta allá (San Salvador) para atender la invitación; una invitación extraña, porque seguramente ella no poseía ningún rastro de mi vida en los veinte años que teníamos sin vernos. ¿Cómo logró obtener mi número telefónico? Pero bien aún con todas las dudas, decidí acceder a la cita.

Ya frente a la casa quise entrar por el portón principal, pero me percaté de que se encontraba sellado por una cadena y un candado. En vista de ello, opté por intentar ingresar por el portón de hierro en la parte posterior de la mansión. Empujé una de las hojas, se abrió casi de inmediato, aunque con algún chirrido producido por el óxido del tiempo y el abandono. La residencia se hallaba deshabitada; lo delataba el césped convertido en maleza y que los árboles habían crecido a su antojo caprichoso. Tenían bajo sus pies sendos montones de hojarasca.

Y así fue como conseguí llegar hasta la base de la escalinata que conduce a la puerta principal. Desde ahí logré visualizar un hombre que se encontraba sentado casi al final de los escalones; me sorprendió cuando hizo una señal para que continuara subiendo.

El zurear de las palomas era ensordecedor. Son aves que salen al paso y reclaman algún mendrugo a los visitantes. Mientras subía, jugaba a espantarlas. Luego ellas volaban y se posaban en otro lugar de la escalinata desde donde parecían disfrutar el panorama.

Tenía el cuidado de no caer por las graderías; siempre se corre el riesgo de dar un mal paso ante un ataque de vértigo. Entonces, saqué de mi memoria algunos cuadros grabados. Momentos de la infancia que pasé en este lugar y que marcaron mi vida para siempre. Esa fue mi primera cita clandestina con Ernestina.


II


Ocurrió en el espacio que existe debajo de la escalera, en la pequeña bodega. Cuando entramos, ella cerró la puerta y colocó la aldaba. Hacíamos de cuenta y caso que era nuestra propia mansión. Tomados de la mano creamos una caricia. Palpaba qué tan suave era la flor de su mano. Luego el cabello, manso como el agua del recodo de una riada; también jugueteaba a verlo caer a trasluz de un foco viejo y turbio que servía de testigo fiel a nuestra aventura. Continué con su cabello. Ahora como cascada, entre mis dedos, recogiendo los mechones de su frente y moviéndolos hacia atrás, una y otra vez. Y ella, quietecita, la sentía disfrutar de mi simpleza, en paz inocente y serena amistad. Ay, Ernestina, Ernestina, tú con la mirada baja y sin mediar palabra me enseñaste que el silencio llena los espacios vacíos que existen entre dos seres humanos que se necesitan.
Luego, sentados en un viejo taburete colocado en el centro del cuartito, mientras la miraba a los ojos, dibujé con mi dedo índice su nariz respingada, sus cejas pobladas y un par de adorables camanances que adornaban sus mejillas al sonreír; fue en ese momento que extendí mis labios para descubrir los suyos. Los buscaba despacio y sin un buen estilo; después de todo resulto ser un beso torpe que dirigí a cualquier parte del rostro mas bello que había conocido. Y acerté, cayó en la punta de sus labios. Y Ernestina, aceptó.

Borbollones de energía bajaban y subían por mi cuerpo. El desconocimiento de esa emoción me llevó a actuar de una manera extraña y desconocida para mí; luego, evadí su mirada al sentir que me quemaba y me espanté. Como pude quité la aldaba y abrí la puerta casi a empellones. Corrí y dejé atrás a Ernestina y nuestras pasiones, posiblemente sin entender qué era lo que me había sucedido. La vergüenza que sentía era tan grande que pasé incontables días sin lograr verla a la cara; aun cuando ella era la que me buscaba para charlar. ¿Qué podía charlar un niño de doce añitos con una chica de diecisiete?


III


Al llegar al descanso de la escalinata dispuse sentarme a reposar junto al hombre que me esperaba. Su indumentaria revelaba ser una persona al tanto de su apariencia y su vestir. De pantalón negro, camisa blanca de mangas y corbata gris. Hacía contraste con el color blanco de las gradas y el barandal. Pero lo que más llamaba mi atención era su barba puntiaguda, que traía a mi recuerdo a alguien que yo había visto antes o que yo conocía.
—¿Deseaba algo el Señor? —dijo.
—Sí, busco a Ernestina, ¿se encuentra?
—¿Se refiere usted a la "Señorita Ernestina"?
—Sí, ella.
—Temo no poder ayudarle, Señor. Creo que Usted no fue notificado, Señor. ?Mientras, se arrimaba al barandal de la escalinata.
—¿Notificado?, ¿de qué notificación habla?
—Bueno, déjeme explicarle. La Señorita falleció hace algunos años. Para ser exactos, diez años, hace. Fue un accidente terrible. Murió tras resbalar mientras bajaba las escaleras. Precisamente de este lado de la escalinata, ¡mire! Ocurrió cuando trató de asustar una paloma, perdió el equilibrio y cayó al vacío. Su cuerpo quedó junto a la puerta de la pequeña bodega Posible que usted por alguna razón no fue avisado, Señor.
—Pero? ¡si ella me habló por teléfono la semana pasada para invitarme a venir! ¡Es extraño! Y según veo la casa se encuentra vacía.
—La casa se encuentra vacía, como usted dice. Los señores se largaron hace algún tiempo, al morir su hija.
—¿Y tú, quién eres?, ¿puedes decirme?
—Soy el alma de esta escalinata. Y espero por ti. Te mandé llamar para recobrar tu energía, y a la vez sirvas de compañía a Ernestina. Ella se encuentra triste, muy triste y desolada hoy que está con nosotros. Todo aquel que ha subido esta escalinata hacia adelante, tarde o temprano deberá venir y entregarnos su alma. Y hoy es tu turno.
—¿Subir hacia delante dices? ¿Qué tipo de locuras hablas?
—Claro, subir hacia adelante. Y no son locuras. Mira, el maestro Cortázar ya lo explicó con sus bellas palabras en "Más sobre escaleras", en donde nos habla de subir las escaleras hacia atrás.
Tu problema ha sido que las escaleras las subes hacia adelante, como la mayoría de gente. Estarás condenado a ver el panorama anodino y monótono. Ahora, si subes hacia atrás, verás a tu alrededor mientras subes: grandeza, hermosura, y verás tan amplio como en una pantalla de cine.
Siempre debes buscar el otro ángulo de las cosas, con mayor visión, profundidad. Dejar el pensamiento encuadrado y romper con los esquemas tradicionales. O sea, si tienes una nueva manera de hacer algo diferente, ¡hazlo!
Sócrates, el verdadero Jesús, Copérnico, Einstein, Gandhi, Nobel, Edison, Marie Curie, Gutenberg, como otros, ?sabían que las escaleras se suben mirando hacia atrás?, abrieron caminos para que muchos de nosotros aprendiéramos otras formas de pensar y pasáramos a mejores niveles de calidad de vida.
Y como en la vida todos los errores se pagan, este es el precio que tendrás que pagar por tu error. ¡Pagarás con tu vida!
—Pero, no puede ser. ¡No puedo morir por algo que desconocía! ¡Hasta hoy que alguien me explica esto que dices!
—Déjame ver...es cierto, no puedes morir por ello. Entonces debo proporcionarte otra oportunidad. Únicamente déjame darte un pequeño escarmiento para que aprendas; nada más una pequeña penitencia y ya. ¿Qué te parece?
—¡Sí!
—Bueno, ahora responde, ¿prometes de aquí en delante subir los escalones siempre viendo hacia atrás aun cuando la crítica que hagan los demás sobre ti sea despiadada?
—Lo prometo. Si ese es tu mandato, debo cumplirlo.

Arrepentido una y mil veces por haber subido y bajado por la maldita escalinata hacia delante y nunca para atrás volteé a ver hacia abajo y huí a toda velocidad por las gradas en franca retirada. Corrí y corrí, hasta que de improviso sentí una fuerza monstruosa que me impulsó, primero hacia adelante, en seguida hacia arriba y volé por los Buenos Aires de Borges, Cortázar; ahora por encima de los bosques talados del mundo, luego en caída libre hasta estrellarme contra el adoquinado de la calle El progreso. El momento que hay entre la conciencia y la inconsciencia, no llegué a reconocerlo.

Días después aparecí en el Hospital Rosales, con graves fracturas en un brazo, las costillas y un pie.
No puedo explicar qué me ocurrió ni tampoco quién trajo hasta mi cama de enfermo un ramo de rosas con una tarjeta en blanco que rezaba: «Tenemos una cita.
Sentada en el viejo taburete, te seguiré esperando. Ah, y recuerda, siempre subir las escaleras hacia atrás.
Firma: Ernestina»

IV

—¡Mi amor, mi amor, despierta, despierta!, es hora de ir al trabajo.
—Oh, claro. Es que tuve una pesadilla.
—¿Pesadilla?
—Si, pero ya pasó.
—¿Y qué soñabas? Dicen las buenas lenguas que contar una pesadilla evita la realización de ella.
—Pues, en verdad no creo que sea una pesadilla, pero fue un sueño muy extraño. Y si se trata de no realizar los sueños, entonces no lo contaré. Porque en verdad quisiera que este se cumpliera. ¡Mi amor! ¿Sabes algo?
—Dime.
—Quiero que sepas que estoy feliz de estar casado contigo, Ernestina.
—Oh vamos, levántate ya. Tú sabes que yo también.

No pude evitar pensar qué distinta es mi Ernestina, comparada con la de mi adolescencia. Me da tristeza imaginar que la dejaré sola en su viejo taburete, en la pequeña bodega, en el sitio donde habitan los abúlicos del pensamiento. Pero quiero empezar a subir las escaleras al revés.
Y todo por leer a Cortázar antes de irme a la cama.


FIN

miércoles, 4 de agosto de 2010

Madre en el éter

 
—¡Mamá! ¡Mamá! ¿Volverá la correntada y nos arrastrará con todo y choza como ayer? 

—No, mi niño, eso que lo tenga sin cuidado. Mejor venga, que he de enseñarle como usar sus alas.

 

lunes, 2 de agosto de 2010

Otro para «Animal Planet»


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Se movió a toda velocidad para darle alcance, escoba en mano, golpe por aquí y golpe por allá, rodó por debajo de la mesa mientras retiraba las sillas del comedor y el sofá. Al instante lo vio correr de ahí hasta la cumbre de las cortinas, de un solo salto regresó al sofá y con un movimiento ágil llegó hasta la cima del tocador de centro donde se quedó estacionado por unos segundos, luego brincó sobre una butaca que usó de escalerita para bajar al piso y pegó un sprint fenomenal con el que logró entrar de un solo tirón al cuarto de baño.  En ese momento pensó que ya lo tenía, y cerró la puerta para que no escapara.
Empezó por buscar atrás del sanitario, revisó el rollo de papel higiénico, luego el lavamanos, movió de lugar el dentífrico, el cepillo de dientes, hasta llegar al rincón de la ducha; por fin lo visualizó, lo tenía atrapado entre la escoba y la pared; se dispuso a liquidarlo. Al verse acorralado, lo miró con fijeza y mostró sus dientes para dar inicio a un enigmático ritual. En un santiamén se transformó en un poderoso león africano.
 Ese fue el último día del famoso «Cazador de ratones». 

sábado, 10 de julio de 2010

La terquedad de la noche


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La terquedad de la noche




El rostro de Alice tenía la inocencia de la mañana. Sus ojos negros hablaban por sí solos, adornados por un par de ligeras pestañas muy bien arqueadas, adormecían su penetrante mirada. El caminar atrevido y danzante, hacía que su falda corta y blusa ajustada conquistaran la atención maravillada y fisgona de los asistentes al «Bella Nápoles». En su mayoría, los hombres veíamos extasiados que en vez de zapatillas usaba zapatos de tacón para relucir sus piernas torneadas y dar mayor realce a su trasero que, curiosamente, parecía ser un corazón coronado por una cintura estrecha  y con el aspecto de estar a punto de romperse.
Yo llegaba al Nápoles todos los días para almorzar y a la vez disfrutar de la belleza de aquella chica, me encantaba ver la elegancia con que se movía para atender las mesas; con «la carta» bajo el brazo, casi mostrando el frenesí de un escolar cuando está de regreso a casa, y por supuesto, haciéndose acompañar de un lápiz en su oreja, listo para tomar nota de la orden de los comensales.
En la vida jamás he sido un gran seductor; claro que no; mi propia inseguridad y falta de tino, hacían de mí un hombre poco atractivo a las mujeres, particularmente para las chicas que se cotizaban bien por su seductora belleza.  Pero la figura de aquella chica, podía ser un hermoso pretexto para intentar cortejarla. Con enorme dificultad había logrado sacarle su nombre y algunos otros detalles que eran suficientes para avivar esa fuerte emoción que despierta una mujer en un hombre; y aunque ella se mostraba un poco indiferente, mandaba alguna frívola señal de interés en mí. Ese día, con un ligero pestañeo en sus ojos dijo: « ¡sí!, ven por mí esta noche, a las once, espera en la siguiente cuadra que allí llegaré». Satisfecho puede sentirse un hombre cuando una mujer le regala un «encantador sí» ante una propuesta de salir con él.  
La noche era demasiado lluviosa para aquel encuentro y percibía lo peor. Lamentaba mucho el no haberle dicho nada antes, pero todo fue tan repentino. «Presiento que vendrá de un momento a otro, aunque deseo hablarle, siento nervios, necesito verla, estar cerca de ella, sé que es la primera vez y no me importa si habrá más ocasiones.»  
A la hora pactada esperaba con ansiedad; los minutos se hacían horas. Salté del vehículo y sentado en la banqueta me hice acompañar de un cigarrillo para calmar mis nervios. Observé mí cuerpo: temblaba, posiblemente de miedo, de frío, o por la angustia que me provocaba la espera. Miraba hacia todos lados y no aparecía. «Pienso que va siendo la hora», me repetía mientras consultaba mi reloj. De pronto asomó por la otra esquina. Pero, no venía sola, con ella un hombre. La tomó del brazo justo en el momento que pasaron frente a mí, alcancé a notar que él cargaba puesto un impermeable color azul. Casi sin detenerse, ella giró su mirada hacía mí y con un frío guiño de ojos me dijo adiós, mientras el hombre del impermeable azul la aprisionaba contra sí para ponerle un beso en sus labios. Ahora, ella parecía alguien tan diferente, sus ojos delataban la fogosidad por el galán que la acompañaba. Permanecí quieto, en silencio, confuso, me hice acompañar de otro cigarrillo y sentí mi rostro de sobresalto; ya conozco mi fisonomía ante alguna otra experiencia similar. Mientras tanto, veía como la pareja se alejaba disipándose en la distancia, riendo y charlando amenamente, sin entender yo el porqué de la petulancia de «mi chica».
A la mañana siguiente amanecí pensando en ella y, después de pasarlo por mi cerebro más de dos veces, tomé la decisión de regresar a verla por la noche. ¡Qué mala decisión tomé! Para mi desgracia ella tuvo el mismo comportamiento de la noche anterior, incluso, con un frío guiño de ojos me dijo adiós, mientras el hombre del impermeable azul la aprisionaba contra sí para apostarle un nuevo beso en sus labios.
Vaya, ¡qué me costó ahuyentarme de ella! Les digo esto porque continué llegando al mismo lugar por tres noches más, para echar una mirada de cómo era posible que mi chica distinguida, recorría la urbe con el sujeto del impermeable azul, y que abrazados se esfumaban en la terquedad de la noche…

sábado, 3 de julio de 2010

Vincent Van Gogh, "Bebedores".


Soy alcohólico

Un saludo, mi nombre es Edgardo y soy un alcohólico en vías de recuperación. Este día quiero darle gracias a ese poder superior que en mi caso personal es Dios, que me permite la vida, y a la vez me da la oportunidad de vivir este día sin haber ingerido una copa que contenga licor. Es por supuesto, gracias a la ayuda que cada uno de ustedes me regala. Ya que sin dicha ayuda, no podría haber alcanzado hasta este día, el mantenerme sin llegar al hecho físico de ingerir alcohol o alguna sustancia que pueda entorpecer el desarrollo natural de mi persona...


domingo, 28 de febrero de 2010

El todo y la nada.

En el concepto tradicional y mundano, “nada” es el conjunto vació, atañe concretamente a las matemáticas, física, etc. Lo que todos conocemos. Pero, el hablar de “la nada” es hablar de divinidad, existencia, presencia de la ausencia o ausencia de la presencia, no importa pero si importa, es lo que es, pero no lo es, lo que está pero no está, aunque es de fácil acceso es un imposible.

Presencia absoluta y relativa de la nada y del todo.

Ese concepto ha venido esclareciéndose en nosotros los humanos en el avanzar del anhelado despertar de la genética, la cual no encuadra en las formas tradicionales del pensar (resultado de la acción del pensamiento), al contrario, manifiesta ser la muestra del pensamiento flexible del ser humano, por supuesto, cuando se rompe con las cadenas de formas de pensar tradicionales, hereditarias y esclavizantes (Alienación).

Es por ello que a través de la observación personal, hemos descubierto que nuestra genética viene para comprender “el todo y la nada” pero con tanta corriente alienante, los humanos nos hemos cerrado las puertas del conocimiento espiritual más puro y sano.

Solamente pensar que “la nada” existe, es un importante movimiento de calidad espiritual, y si decimos que hay presencia en” la nada” y que viven formas, figuras, objetos, esto pone a cualquiera al borde de la locura, ya que sé cree o sé piensa que por ser nada, no debe existir nada propiamente dicho.

En concreto, si partimos del principio básico que la fuente de toda sabiduría es la observación personal y no es la creencia como muchos dicen, caeremos en cuenta que es en nosotros que se desarrolla” el todo y la nada”, somos parte de ello, vivimos en “la nada” y vivimos en” el todo”. No tenemos limites, únicamente los que relativamente poseemos, pero aún con todo esto, ostentamos la dádiva del pensamiento relativo el cuál es nuestro deber desarrollar para poder así lograr un día el despertar de nuestra propia genética , la cual permitimos se nos robara.

domingo, 10 de enero de 2010

Vida Eterna

Si en el intento,por estar a tu lado la vida diera para hacer vida eterna esta es la formula perfecta. Bendita muerte por amar eso es vivir viviendo mi amor en ti renacería. Solamente vive el que ama y muere el que en desamor existe. Si trascender en vida quieres, ama, ama sin detención por que al amar vives como vive el hacedor. Y si otro mundo existe, seguro que te encuentro, por que este amor que por ti siento, no se me quita con nada, solamente con tus besos. —