lunes, 31 de agosto de 2009

Fiesta en el infierno. Los Buitrumanos

 Sentado en la colina un día, apareció frente a mí la escena que les contaré a continuación: 

 Cuando la noche le roba a la oscuridad su matiz excepcional se escuchó el rugido que provocaban las entrañas de quienes asistían al convivio. Mezcla de buitres y humanos: los Buitrumanos, hijos de las sombras, bestias despabiladas por dardo ardiente, de sutil somnífero y además un brebaje mentiroso, amargo o agridulce; si encuentran en su andar a una presa fácil y retraída, entonces las garras de lo desconocido se apoderan del incauto y lo irreal como real es asumido. Acarreaban en brazos a una mujer de bellas proporciones totalmente desnuda, su cabellera color negro se arrastraba por el suelo. Ellos lo hacían con el único propósito de servir alimento para su dios, Azófar; a quien adoraban hasta el borde de la locura, y aunque nunca recibían nada de él, todo lo hacían en su nombre. 


 Ocurrió por primera vez. Azófar les devolvió la ofrenda, mandándoles la devoraran ellos. De un solo tajo le quitaron su naturaleza y la engulleron por partes. Una vez que lograron disipar su espíritu y su pensamiento, fueron por sus entrañas. Todos se amontonaron en el centro del recinto tomando el despojo de lo que iba quedando de ella; se escuchó una fuerte sacudida, estruendos violentos y ruidosos; prendidos de los restos, en amena e insaciable rapacidad. Amontonados, unos encima de los otros, con sus manos ensangrentadas y despojando a mordiscos sus vísceras, carne cruda que aun fresca, desprendía un pútrido olor. Y ella, reía por vulgaridades y por ser devorada fácilmente por las bestias; luego con movimientos intestinos se provocaban una regurgitación y volvían a engullirla en absoluto frenesí. 


 De pronto del fondo del salón apareció un ser extraño, camisa roja, pantalón  y zapatos color blanco. Al ver aquel acontecimiento, arremetió contra todos sacándoles los ojos y restregando sus cabezas contra el suelo para que no vieran y se sintieran avergonzados. Con cierta lentitud, giró su mirada hacia mí, diciendo: ¡Basta! ¡Basta!  Es para vivir con el alma en un hilo, porque aunque aturdido, al despertar el animal la emprende contra ti. Si puedes, ¡escapad!, ¡huid! Os lo pido; de lo contrario, serás presa fácil de estos desquiciados. Afrontad con coraje y garbo. Usad tu pensamiento y volved al mundo del agua clara y cristalina, del aire puro que respiro, de la claridad y la luz. 


 Y al yo preguntarle su nombre se largó perdiéndose en el fondo del recinto. Subió en su vehículo  Mercedes Benz  color blanco y se largó.


 Observé, después de un momento, que los Buitrumanos  también habían desaparecido, quedando aquel salón brillante y dotado de una extraña belleza.